Este templo, perteneciente a un monasterio fundado en el siglo X, se alza en un valle fronterizo entre la meseta castellana y la costa cántabra. Es uno de los monumentos más conocidos del románico cántabro. Su fama deriva, principalmente, de las escenas eróticas reproducidas en canecillos y capiteles, aunque la temática abarca también alegorías, monstruos, aves, plantas, motivos geométricos, cabezas humanas, músicos, escenas bíblicas... y, por supuesto, a San Pedro. La portada con arco de medio punto y seis arquivoltas se apoya sobre capiteles rematados con animales. Tanto el dintel como el tímpano muestra una decoración vegetal de sugerencias orientales. En el interior, de una sola nave, el ábside de arquería ciega presenta el conocido como ajedrezado jaqués. En los capiteles interiores predominan leones, águilas y otros animales, junto a cabezas humanas y motivos vegetales. La voluminosa torre del campanario fue adosada con posterioridad.