Cervantes, Covarrubias, Ramón Gómez de la Serna, fotógrafos, directores de cine... ninguna otra parte de Madrid tiene tantas referencias librescas o gráficas como este amasijo de calles menestrales y empinadas que se extienden, a menudo vacías -en los días laborables, claro está-, a ambos lados de la Ribera de Curtidores, bajo la mirada adusta de Eloy Gonzalo, el expósito que, con su lata de petróleo, puso fuego a las posiciones de los mambises en el remoto emplazamiento cubano de Cascorro. Los domingos son otra cosa: decenas de miles de personas acuden a su llamada siguiendo el rastro -no ya de la sangre de reses sacrificadas, origen de su topónimo- de las gangas, las antiguallas apócrifas, el cromo que no hay forma o cualquier otra cosa imaginable, desde una ballena disecada a una pierna ortopédica recatadamente calzada de charol.