Más de un millar de pinturas expuestas entre el edificio del conde de Floridablanca -que Carlos III pensó como Gabinete de Historia Natural-
y el cubo de Moneo, muchas de ellas obras maestras -Meninas, Majas, El buey abierto en canal, El paso de la laguna Estigia-, justifican la contundente jactancia de afirmar que ésta es la primera pinacoteca del mundo. Casi tres millones de personas quedan deslumbradas cada año por los prodigios aéreos de Velázquez, las crueldades goyescas, prognatismos borbónicos incluidos, las doradas carnaciones rubensianas, la hipnótica plasmación de sueños de las tablas de El Bosco, los dramáticos paños de Mantegna, el orden burgués y serenísimo de los venecianos, las veladuras inconsútiles de Memling, las límpidas miradas de los retratos de Van Dyck, las Citereas, los jardines galantes. Además, escultura, estampas, orfebrería. Ante todo el asombrado temblor de transitar por uno de los epítomes de la cultura europea, por un espacio que recoge parte de lo más hermoso y más sobrecogedor que ha producido el genio humano.
Pero tenga pupila cuanto visitante se acerque al Museo y no desee que sus pertenencias se volatilicen: los alrededores abundan en madrugones, descuideros, cortabolsas y otros maleantes irresistiblemente atraídos por la quincallería con la que quienes viajan gustan de abrumarse.
(c) 2009 Alberto Jiménez Rioja