El Palacio Real, residencia oficial del rey de España, se yergue sobre el solar del antiguo alcázar de los Austrias, destruido por un incendio. Fue proyectado por Juvara en 1738, aunque lo terminó Sabatini (los jardines de estilo francés que llevan su nombre situados entre Palacio, la calle de Bailén y la cuesta de San Vicente se diseñaron en la época de la Segunda República y ocupan el lugar de las antiguas caballerizas de Palacio, éstas sí proyectadas por el italiano). Pero entremos. Lejos de nuestra intención visitar sus más de 3.400 habitaciones, así que optamos por contemplar algunos de sus muchos tesoros: pintura -obras de Rubens, Caravaggio, Velázquez y Goya, entre otros-, tapices, mobiliario principesco y sus maravillosos cinco Stradivari, que participan aún de memorables veladas musicales; estamos seguros de que siguen arrancándole sonrisas de orgullo al espectro del luthier de Cremona, responsable cierto de su milagrosa conservación. No dejamos sin visitar, claro está, el Salón de Columnas, comedor de gala y lugar de los reales saraos, el de Gasparini, con sus chinoserías refitoleras, el Salón de Espejos, la Saleta de Porcelana y, cómo no, el del Trono, con sus doce consolas
y su docenita de espejos por no ser menos. Y aún nos faltan la Capilla, y la Armería, y la Real Biblioteca, asi que habremos de volver otro día, seguramente.
(c) 2009 Alberto Jiménez Rioja