Mírala presumida contemplándose en el río, saludando a la Maestranza, orgullosa, atractiva, rotunda. Quién diría que en más de una ocasión le quisieron arrebatar su posición privilegiada; que no la toquen, que viva y de vida, ahí estaba Sevilla, que la adora, para ampararla.
Conscientes de que el alma de la torre estuvo allí desde el principio, todo el que contribuyó a construirla, agrandarla o restaurarla –en varias ocasiones- dio lo mejor de sí.
La levantaron los árabes después de la Giralda, a la que sigue también en fama, en 1220.
Pedro I el Cruel mandó construir un segundo cuerpo en el siglo XIV y en el XVIII un ingeniero militar le puso el tercer cuerpo y la cúpula.
Además de ser capilla, defendió, encerró –fue cárcel en la Edad Media- y custodió -tesoros que venían de América -; en la actualidad es un museo naval.
Su planta de doce lados le confiere ese aspecto singular que la convierte en insignia de la ciudad, con permiso de la Giralda.
© 2009 Teresa R. Infantes