Pareciera que el afán por superar a su antecesor en fasto y perpetuidad fue lo que llevó a califas y monarcas varios a ir ampliando y mejorando este majestuoso conjunto arquitectónico, palacio real aún en activo, que encontramos entre la plaza del Triunfo y la de los Venerables.
Abrió el maratón Abd al-Rahm III en el siglo X que mandó construir la Casa del Gobernador (Dar Al-Imara), de la que queda parte de los lienzos pétreos originales. Le siguió Al-Mutamid con el Palacio La Bendición (Al-Mubarak), del que no quedan restos.
Los almohades en el siglo XII se regalaron el jardín del Crucero y el palacio del Yeso.
Entre los siglos XIII y XIV los soberanos ibéricos tomaron el relevo; a Alfonso X se le ocurrió crear su Palacio Gótico sobre una parte del palacio Al-Imara y Pedro I el Cruel, amante de las costumbres y del arte islámicos, mandó edificar el Palacio Mudéjar.
Más tarde los Reyes Católicos acondicionaron a su gusto el Palacio Alto y levantaron la Casa de Contratación.
Fernando VI, Fernando VII e Isabel II continuaron las reformas.
El resultado de 8 siglos de esmero es asombroso, la variedad de estilos islámico, mudéjar, gótico, renacentista y barroco plasmados en dependencias, patios y jardines legó toda su riqueza y hermosura.
Donde espaldas, estómagos y vientres reales hallaron consuelo tú encontrarás recreo para la vista y alimento para el alma.
© 2009 Teresa R. Infantes