Carlos III -¡siempre Carlos III!- fue quien ordenó el traslado del jardín botánico primigenio, que se hallaba en el Soto de Migas Calientes (lugar próximo a la carretera de El Pardo llamado de este modo porque en él había un ventorro que bordaba, por así decir, tal plato) a su emplazamiento actual, el Paseo del Prado, junto a lo que entonces iba ser un museo de ciencias naturales y hoy es la pinacoteca más famosa del mundo. El proyecto definitivo, de Juan de Villanueva, data de finales del siglo XVIII y consiste en más de diez hectáreas donde se conservan toda suerte de plantas dispuestas en distintos niveles o terrazas. En la llamada Terraza de los Cuadros crecen ornamentales o medicinales dentro de figuras formadas por setos de boj, en la Terraza de las Escuelas Botánicas las plantas están ordenadas por familias, y los muchos árboles y arbustos de la Terraza del Plano de la Flor parecen haberse plantado en encantador desorden. Esta última se halla dividida por veinticinco arriates curvos y la despejan y airean varias glorietas (la central, con estanque y busto de Linneo). Cuenta con dos invernaderos, el decimonónico Graells y el de Exhibición, provisto a su vez de tres ambientes; por si todo esto fuera poco, el Pabellón Villanueva y un emparrado de forja -ambos de finales del XVIII- la embellecen aún más. Por último, la Terraza Alta o de los Laureles guarda diversas colecciones más o menos temporales. Digamos, por fin, que entre los más de los 1.500 árboles del Botánico hay especies con nombres tan evocadores como olmo del Cáucaso o cedro del Himalaya.
El perímetro de este museo de vegetación está protegido por una verja de hierro dieciochesca que se mandó fundir en Tolosa. Las puertas del recinto son dos, una de más boato (proyectada por Sabatini a imagen de la puerta de San Vicente) que da al Paseo del Prado y tan neoclásica, con sus columnitas y su frontón, que parece una construcción infantil. Está siempre cerrada porque, al ser puerta real, sólo se abre para dar paso al monarca. La otra, la de todos los días, es obra de Villanueva y queda frente al Museo del Prado. Por tanto no lo dude el forastero ahíto de obras maestras e incapaz de extasiarse ante un solo cuadro más, el madrileño sometido a los devastadores efectos secundarios de una trúpita o el querencioso del favor de una amiga, compañera de trabajo o similar: recorrer sin prisas este civilizado vergel obra milagros.
© Alberto Jiménez Rioja