Emplazado en un retranqueo de la calle Jovellanos 4, muy cerca de la calle de Alcalá y detrás del Congreso de los Diputados, se inauguró el 10 de octubre de 1856 (ni más ni menos que el cumpleaños de su muy pechugona majestad la reina Isabel II, tan aficionada a las romanzas pimpantes como a los generales bonitos). Se trataba de que la zarzuela, ese género musical tan vinculado a la ciudad y que algunos hacen remontarse hasta Calderón de la Barca, tuviera teatro propio en la capital de España. Puso los dineros Francisco Rivas, marqués de Mudela, banquero y empresario vitivinícola, y colaboraron compositores del momento como Barbieri, Oudrid o Gaztambide. Sirvió de modelo el Teatro de la Scala, por lo que se proyectó un edificio semicircular con tres alturas de palcos; se imitaron también las soluciones técnicas y de tramoya del coliseo milanés.
Hasta el incendio que lo destruyó a principios del siglo XX subieron a sus tablas casi todas las obras maestras del género, aunque a partir de 1873 tuvo que bregar con la competencia del teatro Apolo: construido en la calle Alcalá, casi pegado a la iglesia de San José, su aforo superaba las 2.000 localidades. Se hizo célebre por su cuarta función, la llamada Cuarta de Apolo, que tenía lugar en horario decididamente after y donde el género chico coexistía con comedias y sicalipsis. La frecuentaban zascandiles insomnes, aristócratas tronados y personajes de jaez más que dudoso: gentes del bronce, ratas, sablistas y otros puntos de la época pululaban por su platea y sus palcos, siempre al acecho de primos que camelar o de isidros que desplumar.
Como el Teatro Real se cerró en 1925, el de la Zarzuela quedó desde esa fecha hasta los comienzos de la guerra civil para la representación de óperas. Reconstruido y vuelto abrir en 1957 tras ser vendido a la Sociedad General de Autores de España, arrastró una existencia titubeante hasta que en 1984 pasó a ser propiedad del Estado y su gestión pasó a manos del Ministerio de Cultura; cuatro años más tarde fue remodelado por enésima vez y retornó por fin a su función primigenia, la de ser coliseo exclusivo de zarzuela y ocasionalmente de ballet o de recitales de Lied.
Quien tenga la suerte de asistir a alguna de las funciones que aquí se dan no puede irse a la cama o volver a su pueblo sin cruzar la calle, entrar en Casa Manolo y pedir unas croquetas y unas cañas bien tiradas: unas y otras ocupan lugares muy altos en el escalafón donde compite lo que de mejor ofrecen las tascas de Madrid.
© 2010 Alberto Jiménez Rioja