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Madrid, Parque del Oeste
¡Está hermosa la Moncloa! ¡El único rincón francés en este páramo madrileño!, le dice Max Estrella a Madama Collet, su esposa. Sigue siendo verdad: parte importantísima de esta belleza residía y reside en el Parque del Oeste, en ese casi centenar de hectáreas de jardín paradójicamente inglés, hoy quizá menos frecuentadas que nunca, y que son uno de los tesoros al alcance de cualquier madrileño que decida disfrutarlos, sin más coste que el del transporte para llegar hasta él o la ocasional horchata en alguna de sus terrazas; en las de Rosales resulta especialmente apetecible. Caminos, bancos, desniveles, setos, praderas, cedros del Líbano, chopos, tilos, abetos centenarios… una vez que el caminante se adentra en ese territorio a veces mágico donde la ciudad se desdibuja desearía no salir nunca de allí, sobre todo en las mañanas de principios de verano, tan de luz y celajes velazqueños. Si ha vivido en Madrid y estudiado en la Universitaria lo colmará la añoranza de los veinte años y el recuerdo de los primeros amores, que la Autoridad, personificada en el guarda bajito de banda colorada, carabina y sombrero de cazador de opereta frustraba con gritos, aspavientos y amenazas de comisaría.
 
Se empezó a construir a últimos del siglo XIX por iniciativa del entonces alcalde de Madrid, Alberto Aguilera, que le confió al paisajista Celedonio Rodrigáñez el proyecto de un lugar de solaz sobre terrenos destinados hasta entonces a vertederos; se concluyó hacia 1908. Después de la guerra hubo que reconstruirlo
-fue encarnizado campo de batalla durante más de dos años, y dentro de sus límites quedan los restos del Cuartel de la Montaña, escenario de los sangrientos sucesos de julio de 1936- y experimentó diversas mejoras y ampliaciones. Quien lo visita hoy tiene a su disposición los 15.000 metros cuadrados de la Rosaleda y la Casa de la Rosa, lugar de exposición de las mejores flores de cada primavera, el Templo de Debod, el Parque de la Tinaja con su vieja mufla, propiedad la Escuela de Cerámica, la estación del teleférico, la fuente de Juan de Villanueva, el monumento a Elena Fortún y el que recuerda al maestro Quiroga, tres fortines de ametralladoras en el extremo norte, un esbelto templete de música, pinares y, en fin, la posibilidad de desplazarse andando por caminos de tierra y rodeado de vegetación desde la entrada de la carretera de La Coruña hasta la misma Plaza de España, mientras los oídos se llenan de rumor de hojas y cantos de pájaros y los ojos del verdor sagrado de las plantas.
 
© 2010 Alberto Jiménez Rioja
 
 
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