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Madrid, Museo de Cera
Modestos, anticuados, y un tanto polvorientos entretenimientos familiares, los museos de cera, ya sea el londinense de Madame Tussaud, que se remonta nada menos que a 1835, o el de Madrid, abierto en fecha mucho más reciente (1972) son especie en peligro de extinción. Más de uno ha cerrado ya y nos tememos que esa será en los próximos años la tendencia imparable: se han convertido en dinosaurios del entretenimiento, por mucho que se pretenda actualizarlos con multimedias de baratillo o añadidos de barraca de feria de provincias. El de Madrid es un batiburrillo de toreros, políticos (Franco, Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero), pintores, deportistas, sabios, escritores, monstruos del celuloide, fenómenos de la actualidad, estrellas de la canción, campeones del famoseo y otras teratologías.
 
Últimamente ha sido escenario de divertidos tejemanejes con figuras de quita y pon, así el muy comentado caso del duque de Lugo, ex consorte de la infanta doña Elena y desconsideradamente apartado a un burladero de mentirijillas que estuvo ocupando durante el lapso que duró la interrupción de la convivencia matrimonial o como demonios rezara la fórmula que venía a significar separación más o menos amistosa; al sustanciarse ésta en divorcio, el Museo se apresuró a retirarlo del limbo taurómaco donde lo habían aparcado transportándolo no se sabe dónde y de mala manera en una carretilla desprovista por completo de glamour -nada que ver la airosa estampa de patinete motorizado y pashmina al viento serrano que ofrecía el aristócrata en días más felices- que, para añadir agravio a la injuria, le venía pequeña por todos lados. Una especie de impremeditada performance jacobina hibridada con auto de fe cerúleo.
 
En fin, quien a pesar de todo se obstine en visitar este museo de los horrores involuntarios, sepa que tiene su sede en el Paseo de Recoletos 41, frente por frente a la plaza de Colón y a la Biblioteca Nacional (¡incomparablemente más aburrida, dónde va usted a parar!), que la entrada de los adultos exige apoquinar dieciséis machacantes y que a los niños o a los mayores de sesenta años que lo acrediten mediante exhibición de DNI o dentadura postiza la cosa se les queda en doce.
 
¿Algo excesiva la tarifa por hora y pico de honrada diversión? Ustedes juzgarán. Eso sí, sepan también que no hay botijo donde aplacar la sed ni regalan un Don Nicanor a la salida para que el benjamín de la familia desahogue sus frustraciones a trompetazo limpio.
 
© 2010 Alberto Jiménez Rioja
 
 
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