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Madrid, Congreso de los diputados
El palacio neoclásico que alberga la soberanía popular, nuestra Cámara Baja, el Congreso de los Diputados (Carrera de San Jerónimo 39), fue proyectado por Pascual y Colomer y construido en el solar que había ocupado un convento, el del Espíritu Santo, consumido por las llamas en 1823. Iniciadas las obras en 1843, se inauguró siete años más tarde (lapso durante el cual los diputados celebraban las sesiones en el Salón de Baile del Teatro Real). Su severa fachada principal está guarnecida por seis columnas corintias unos metros por delante de las cuales hubo dos farolas, pronto sustituidas por sendos leones broncíneos de Ponciano Ponzano, fundidos en la Maestranza de Sevilla el año 1866 con unos cañones incautados a los moros en la batalla de Wad-Ras. Los felinos apoyan una de las patas sobre una esfera y, curiosamente, uno de ellos carece de genitales.
 
El vestíbulo principal, presidido por una estatua de Isabel II, custodia retratos de políticos prominentes como Cánovas, Castelar o Alonso Martínez, entre otros. El despacho del presidente cuenta con lienzos de Sorolla y un retrato de Valle Inclán, así como dos tapices flamencos del siglo XVIII. Junto al vestíbulo está el Salón de Conferencias, apodado el Salón de los Pasos Perdidos, que se habilita para ocasiones solemnes; su bóveda está decorada con alegorías. Cuenta también con un extraordinario bajorrelieve de Benlliure sobre la puerta por la que se accede al vestíbulo.
El Salón de Sesiones o Hemiciclo, sanctasanctórum de la vida parlamentaria, está presidido por un tapiz y dos esculturas en mármol de Isabel la Católica y Fernando, su esposo; también lo adornan dos lienzos, uno de Gisbert y otro de Casado del Alisal.
El 6 de diciembre, día de la Constitución, el Congreso abre sus puertas a los ciudadanos para que puedan recorrerlo a su sabor (no enteramente, que tampoco hay que exagerar con las familiaridades: un ratito de visita guiada y bajo la atenta mirada de ordenanzas, seguridad de paisano y policías camuflados, que de todo hay). Quienes forzaron la entrada en este templo de la democracia representativa fueron unos cuantos guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero que, el 23 febrero de 1981, lo ocuparon a punta de pistola y de modales soeces. La grosera zafiedad del charolado (“¡Se sienten, coño!”) no podía prevalecer de ninguna manera, claro, ante la arrogancia elegante de militares de verdad como Gutiérrez Mellado ni frente a las pocas ganas del común de soportar más bigotudos podridos de tópicos y de ganas de pegar tiros.
 
© 2010 Alberto Jiménez Rioja
 
 
 
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