El paseante que, desde Sol, suba el corto tramo de zapaterías especializadas en coturnos con hebillas (eso sí, animado por una añeja tienda de bragueros) que constituye la calle Carretas, entrará de sopetón en la plaza de Jacinto Benavente, una de las menos bonitas de Madrid. O, hablando claro, de las más feas, monumento al barrendero incluido. Pero como no hay fealdad sin mácula, a mano izquierda quedan los Cinco Gremios, caserón dieciochesco de nobles proporciones neoclásicas destinado antaño a cobijar sederos, pañeros, joyeros, lenceros y merceros. Más o menos enfrente, cruzando la calle Atocha (otro nombre del esparto, para quien no lo sepa), el antiguo teatro Calderón, antes Centro, antes aún Odeón, afrancesado coliseo que data de 1917 y al que hace inconfundible un templete de columnas que sirve de remate a su torreón circular. Hoy, propiedad de una multinacional de helados, afean su fachada ringorrangos luminosos y otras publicidades.
Algo más abajo la reconstruida iglesia de San Sebastián, en cuyo cementerio, en la actualidad desaparecido, reposaron los restos de Lope de Vega y donde José Cadalso, incapaz de soportar el dolor que le producía la muerte de su adorada María Ignacia Ibáñez, actriz de veintidós años apodada la Divina, fue sorprendido en el macabro empeño de desenterrarla. Estamos seguros de que esa noche lúgubre inspiró más de un relato a Edgar Allan Poe.
Dejamos atrás el Monumental, sede de la Orquesta de RTVE
y frente a cuya entrada se levanta el monumento de Genovés en memoria de los laboralistas asesinados en 1977, contemplamos la fachada como de azúcar comestible del viejo cine Doré, ahora Filmoteca Nacional -cita imprescindible para los cinéfilos que se tengan en algo- y en seguida llegamos a la esquina con la Costanilla de los Desamparados, al edificio que ocupó el Hospitalillo del Carmen y donde en 1605 se imprimía la princeps de El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, nada menos.
Todo esto salpicado de bares, tiendecillas, algún gigantesco sex-shop que le pega al ecosistema como a un santo dos pistolas, pensiones (ya no de trato familiar, lamentablemente) y, más abajo todavía, una discoteca de varios pisos. Aunque muchas cosas se quedan de momento en el tintero, no podemos pasar por alto lo que fue la Facultad de Medicina y el Hospital Clínico de San Carlos, a la altura del número ciento y pico, en la actualidad asiento de distintos organismos administrativos. Lástima que con los estudiantes, los internistas y los cirujanos desapareciera también la tasquita donde servían torrijas y vasos de vino a perra gorda.
© 2010 Alberto Jiménez Rioja