Afrancesados, republicanos, liberales, masones, ateos, creyentes, escritores, aspirantes a serlo, figuras de la política o de las artes... la galería de personajes que han poblado este oasis de cultura, este ágora donde podía someterse a votación la existencia de Dios (y perderla quienes la defendían sin que a nadie se fusilara al amanecer por ello), o donde era posible abominar a gritos de los nombres señeros de nuestra literatura, por provocar más que nada, ha sido durante su más de siglo y medio de existencia refugio y luz de todos aquellos que tenían inquietudes y privilegiada tribuna pública para quienes aspiraban al poder, la gloria o ambas cosas.
Institución cultural privada, y celosa de su independencia, tuvo su precedente en el Ateneo Español, sociedad nacida en 1820 al calor del trienio liberal y disuelta al concluir éste. En 1835 y por iniciativa de gentes como el duque de Rivas, Antonio Alcalá Galiano y Mesonero Romanos se constituyó el Ateneo Científico, Literario y Artístico. Estuvo primero en el Palacio de Abrantes, en la calle Mayor, se trasladó después a la calle Montera 34 y durante la Restauración ocupó el emplazamiento donde hoy sigue, el número 21 de la calle del Prado. Se trata de un edificio con fachada de sillería tirando a modernista en cuyo interior destacan el amplísimo Salón de Actos y el Salón Inglés, ambos decorados con pinturas neogriegas más bien relamidas de Arturo Mélida. Otra de sus dependencias, la Cacharrería, se llama así porque quienes en ella discutían solían terminar arrojándose a la cabeza los objetos que la adornaban con resultado, todo lo más, de algún chichón.
Punto fuerte del Ateneo fue desde los comienzos su Biblioteca, por donde pasaron, para documentarse o escribir, casi todos los que en el periodismo o en la literatura tuvieron algo que decir durante la historia reciente y no tan reciente de Madrid; debe recordarse la benemérita tarea de Bernardo G. de Candamo, que cuidó de la colección de libros durante los tristes años de la guerra civil. Después lo depuraron, claro.
Han presidido el Ateneo personalidades como Cánovas, Azaña o Unamuno; en 2009 fue elegido para el cargo Carlos París. Entre los cientos de anécdotas que se cuentan de una institución tan añosa, nos parece impagable la de Valle-Inclán jactándose de haber traído el fútbol a España gracias a un partido que decía haber organizado en el Salón de Actos: él había sido capitán de uno de los equipos -afirmaba impertérrito- y el conde de Romanones del otro.
© 2010 Alberto Jiménez Rioja