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Madrid, Estación de Atocha
El día 9 de febrero de 1851, reinando una Isabelona pletórica, se inauguró en Madrid la Estación del Mediodía, luego de Atocha por su proximidad con la iglesia del mismo nombre. Los ferrocarriles españoles estaban en mantillas (la línea Barcelona-Mataró tenía tres años y la de Aranjuez meses) así que, por descuido o poco uso, fue pasto de las llamas unos años después. En 1888, con proyecto de Alberto de Palacio, que había trabajado con don Gustavo Eiffel, el de la torre, se iniciaron las obras de la nueva estación: la magnífica fachada -esa tracería de aire, hierro y cristal- visible desde la glorieta es de entonces. Entre 1985 y 1992 se ejecutó el proyecto de Rafael Moneo para la terminal de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, construida con motivo de los fastos del año olímpico. El antiguo edificio fue convertido en un cruce entre galería comercial e invernadero con pretensiones de Mato Grosso, abundante de plantas exóticas y húmedo gracias a las lluvias nada torrenciales del riego artificial, que además caen a veces sobre los desprevenidos paseantes, aliviándoles del calor y conjurando los sofocos. Hay también restoranes y una discoteca, frecuentada por niñatos de cocodrilo tatuado en la tetilla y no sabemos si por viajeros de vitalidad irreprimible. Unos años antes la antigua estación de Orsay de París había sido transformada en museo ejemplar, pero ya se sabe que los franchutes son un hatajo de aburridos y de pretenciosos. Dicho proyecto mejoró notablemente, eso sí, la red de cercanías con la construcción de obras tales como el Pasillo Verde Ferroviario, que enlaza Príncipe Pío con Atocha y el túnel que desde Aluche llega hasta Atocha pasando por Embajadores para integrar el servicio de cercanías a Alcorcón y Móstoles.
 
Queremos terminar recordando los versos iniciales del hermoso poema de J .V. Foix: Peldaños de cristal en el andén solar / por donde pasan trenes de luz hacia las playas / abiertas entre muros transparentes… de aquí partían, sí, tirados por humeantes Mikado o Santa Fe, dejando atrás un espacio donde siempre era verano, donde siempre olía a mar. Al menos así fue hasta el 11 de marzo de 2004, la funesta fecha que está marcada a sangre y fuego en la memoria de Madrid, en el corazón de todos. Una estructura traslúcida de 11 metros de altura que se yergue en la confluencia del paseo de la calle Infanta Isabel, la avenida Ciudad de Barcelona y la calle Alfonso XII honra la memoria de las víctimas.
 
© 2010 Alberto Jiménez Rioja
 
 
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