Y los jueves, milagro. En realidad los 26 y 27 de julio de todos los años, cuando entre tres y cuatro mil personas convienen en que la sangre de San Pantaleón, médico del siglo IV, pasa del estado sólido al líquido. El prodigio sucede en un convento de monjas agustinas recoletas situado a pocos pasos de la Plaza de Oriente y del antiguo Alcazár, el antepado del Palacio Real. Fue la mujer de Felipe III, Margarita de Austria, quien promovió su fundación -al punto de que era conocido popularmente en Madrid como las Margaritas-, parece que para celebrar la expulsión de los últimos moriscos de Madrid. Quiso además que estuviera tan próximo a los reales aposentos a fin de llegar hasta él mediante un pasadizo subterráneo que lo comunicaba con el Alcázar. Edificado a principios del siglo XVII sobre proyecto de un carmelita, fray Alberto de la Madre de Dios, tiene una sobria y elegante fachada de líneas verticales y tres cuerpos coronados por un frontón. Esta fachada fue de lo poco que respetó el incendio posterior, y la adornan dos escudos reales y un bajorrelieve. El juego de planos y de vacíos, muy herreriano, se convirtió en modelo de muchos otros templos españoles. El edifició se quemó en 1755 y fue remodelado por Ventura Rodríguez seis años más tarde gracias a 1.000 doblones de oro donados por Bárbara de Braganza.
La iglesia, con planta de cruz latina, es pródiga en jaspes, mármoles y bronces y la ornamentan frescos de los hermanos González Velázquez; los de la capilla mayor los pintó Francisco Bayeu, cuñado de Goya. El asunto es siempre la vida de San Agustín.
Hay también óleos de Carducho, Gregorio Fernández y otros.
El relicario incluye varios centenares de piezas valiosas, entre las que figuran reliquias de santos, como el recipiente que contiene la citada sangre y otro más con sangre de San Genaro; por si ello fuera poco, custodia también un pequeño lignum crucis.
En sala de esculturas se guardan magníficas obras setecentistas, como unos Cristos de Gregorio Fernández o la Dolorosa de José de Mora. El patio es un prodigio de serenidad, con sus cincuenta y seis arcos en dos alturas y, si la estación es propicia, el rumor del viento y el vuelo de los vencejos. A su alrededor se dispone la clausura, el espacio donde viven las monjas recoletas.
Y en fin, cuando se sale del monasterio, además de contemplar la noble estatua de Lope de Vega obra de Mateo Inurria, uno tendrá que decidirse por encaminar sus pasos hacia la Plaza de Oriente y Palacio o hacia Sol o la Gran Vía: haga lo que haga estará disfrutando de una de las zonas más bonitas de Madrid.
© 2010 Alberto Jiménez Rioja