Despierta la imaginación la fantástica silueta de este conjunto aparentemente desordenado fruto de sucesivas reformas y ampliaciones, y en gran medida resultado de una complicada restauración. En esta joya del gótico civil se distinguen el Palacio Viejo, convertido en Parador, y el Palacio Nuevo, al que Carlos III dotó del refinamiento de una residencia de lujo por encima de criterios militares, de ahí que sea más palacio que castillo. Artistas escogidos lo embellecieron y albergó plantas y animales exóticos. Para sentirse como cortesano en palacio hay que recorrer sin prisas sus estancias, asomarse a los fosos y subir a sus esbeltas torres.
(c) 2009 Carmen Blázquez Gil