En su origen, se habla de un enclave auriense; otra versión se refiere a las aquae urente. Porque, aunque es la única provincia gallega sin mar, tiene río y muchas fuentes termales. Tras sufrir incursiones árabes y normandas, fue capital del reino suevo e importante ciudad en la Edad Media. En el siglo pasado era conocida como la “Atenas gallega” y también como a terra da chispa, por ser patria de afiladores. Quedan casonas señoriales adornadas por gárgolas, dinteles, balconadas y recargadas cornisas. Sobresalen, además de Santa María Nai, con restos medievales pertenecientes a la antigua catedral, las iglesias de Santa Eufemia y la Trinidad, con sus torres cilíndricas. Desde la Plaza Mayor, porticada en su mayor parte, parten los recorridos principales. No hay que perderse los pazos de Oca-Valladares y de Taboada, las múltiples plazas ––Madalena, Ferro, Trigo, Cid (Eironciño dos Cabaleiros), Corregidor–– o los jardines del Posío y la Alameda. En el casco histórico el tiempo parece detenerse. Podemos hacer lo mismo para probar la famosa la tarta de castañas en alguno de los cafés de la rúa Real o la del Paseo, o unas tapas y vinos en calles como Lepanto, La Paz o Fornos. Los parques de San Lázaro y Miño son las zonas verdes más frecuentadas de la ciudad. En las inmediaciones se puede visitar el conjunto arqueológico de Santomé, con restos castreños y romanos.