Aunque el nombre sugiera un plural, es una Comunidad singular en muchos aspectos. Lo cierto es que hay muchas Asturias, la del Cantábrico y la de los Picos, la minera y la marinera, la mágica y la luchadora, la turística y la que aún esconde rincones secretos. Es sinónimo de historia, desde los orígenes de la especie a la lucha antifascista, pasando por la Reconquista. Se asocia de inmediato con rebelión, levantamiento, resistencia, ya se trate de Pelayo o las huelgas mineras, de la guerra civil o las reconversiones industriales. Sus relieves son muy complejos y abruptos en todos los sentidos: puede ser bravía y feroz, al tiempo que muy acogedora. Su orografía, hecha de suaves prados y altas montañas, grandes masas boscosas, rápidos cursos de agua y lagos glaciares, transmite unas veces amplitud y otras recogimiento. En una superficie tan reducida, paraíso botánico y hábitat fundamental del oso pardo en España, aún quedan refugios y rincones ocultos para el urogallo, el salmón, la nutria o el águila real. Luego están las Asturias subterráneas, la de las cuevas prehistóricas, las simas y las minas, y la submarina de los cañones abisales y los cefalópodos gigantes. Tiene, además, arte románico y rupestre, hórreos y casas de indianos, castros prerromanos y lo último de Niemeyer, arquitecturas de piedra y de aire. Podemos seguir enumerando: duendes y dinosaurios, playas y nieve, sidra y quesos y fabes y arroz con leche, y un folclore que ha dado incluso el himno oficioso español. En fin, demasiadas cosas para una región tan pequeña, pero todas auténticas. Los asturianos saben aunar lo viejo y tradicional con lo más novedoso y atrevido. Hay truco, pero se descubre fácilmente: reside en el orgullo y la apreciación de lo propio, en la importancia concedida a la conservación pese a la presión turística en esta irreductible aldea global astur.
(c) 2009 Herminia Bevia Villalba