La tacita de plata, la ciudad más antigua de occidente. ¿Quién no la conoce? Ahora, porque durante mucho tiempo Cádiz fue la gran olvidada de Andalucía, apenas recibía turistas. La ausencia de construcciones puramente árabes tan típicas de esta región -aunque en muchas sea evidente la influencia del estilo morisco-, la falta de promoción por las dificultades para edificar e incluso quizá la reticencia del pueblo a compartir su pequeño paraíso por una suerte de recelo atávico ante cualquier tipo de invasión, pueden estar entre causas de ese olvido. Los visitantes solían estar de paso: un crucero de tarde en tarde, un barco de marineros, algún viajero despistado o curioso. Hace poco más de una década algunos famosos descubrieron la hermosura de sus playas, su deliciosa gastronomía y la amabilidad de su gente y la pusieron de moda. Hoy es un lugar apreciado y demandado, lo normal, vamos.
Aunque la leyenda cuenta que la creó Hércules, la realidad asegura que la fundaron los fenicios sobre el año 1.100 a.C., se llamó Gadir que significa espacio cercado. Desde entonces ha sido conquistada por cartagineses, romanos, visigodos –estos no contentos con invadirla también la destruyeron- y musulmanes.
En el siglo XVIII vivió un periodo de prosperidad gracias a las relaciones comerciales con América; el traslado de la Casa de Contratación desde Sevilla tuvo mucho que ver en ello. Se refleja en edificios construidos por una nueva clase burguesa de comerciantes que aún se conservan en el casco antiguo. A esta época pertenecen las imprescindibles torres mirador, de influencia árabe, que se construían en las casas para vigilar, sobre todo la llegada de los barcos que venían del Nuevo Mundo.
Cádiz, ahí está ahora como una sirena tranquila tumbada al sol, toda historia, toda arte, rodeada de mar, llena de rincones con solera y encanto. Te va a sorprender en muchos aspectos, pero te digo lo que no olvidarás: su luz inmensa, la caballa caletera con picadillo y el humor perspicaz de los gaditanos; un alto en la pescadería o en la cola del autobús y oirás alguna ocurrencia que te hará reír.
© 2009 Teresa R. Infantes