Un halo de magia la cubre, quien entra en ella queda atrapado. Todo es excesivo en Sevilla; pasión, orgullo, capital, incienso, noche, tradición, embrujo, genio, primavera, magnetismo, faralaes, modernidad, azahar, jardines, arte, diversión, recogimiento, Semana Santa, Feria…
Un río le dio la vida, la amamantó, la vio crecer, la enriqueció y hoy le imprime carácter, le da alegría y, en las calientes noches de agosto, cierto alivio, menos por el frescor que exhala que por la devolución de una imagen difusa y reconfortante de estrellas, monumentos, gentío, puentes, luces artificiales y hasta de calor.
Como en un caleidoscopio, el batiburrillo de culturas cuyo legado dejaron los pobladores que a lo largo de la historia se asentaron en ella - tartesos, fenicios, romanos, visigodos, árabes...-, exhibe un resultado armonioso lleno de colorido y belleza exquisita. Destacó la árabe para darle el nombre–Ishbilya-, remplazando al candidato romano de Hispalis.
Era obligado que una ciudad tan insigne fuera cuna de artistas grandes y lo fue, entre otros en ella nacieron los pintores Velázquez y Murillo; los escritores Luis Cernuda, el nobel Vicente Aleixandre, los hermanos Machado y Bécquer. Las ramas de su arte se expanden de muchas formas y hasta muchos lugares conmoviendo corazones sensibles que la viven aunque no la conozcan.
En los hirientes días de verano un gorro, un abanico y un poco de agua bastan para besar el cielo cuando la lógica impondría un puntapié hacia el infierno.
Merece la pena perder la silla.
© 2009 Teresa R. Infantes